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Doña Dolores Olmedo


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La cultura en México ha sido el producto de grandes esfuerzos públicos y privados. En el patrocinio y preservación de nuestros artistas ha habido personajes determinantes sin cuya presencia mucho se hubiera perdido. Dentro de estas personalidades, alguien que ocupó un lugar primordial en el siglo XX fue Dolores Olmedo, cuyo talento y sensibilidad le permitieron comprender, antes que a muchos, el valor de la obra de dos íconos fundamentales del México de hoy: Diego Rivera y Frida Kahlo.

María de los Dolores Olmedo y Patiño Suárez nació en Tacubaya, Ciudad de México, el 14 de diciembre de 1908, en vísperas de la Revolución Mexicana. En su juventud, estudió leyes, aunque terminó cursando una carrera artística en la Academia de San Carlos. Sin embargo, el encuentro que determinó su acercamiento con el arte -y, de alguna manera, marcando su destino- se registra en 1928, cuando conoce a Diego Rivera en la Secretaría de Educación Pública. Rivera realizó 26 ó 27 dibujos al desnudo de Olmedo, según lo recordaba ella.

Es en esa época conoce también a Howard Phillips -periodista británico de educación victoriana que trabajaba para la revista Mexican Life-, con quien se casa en 1935. Para principios de los años cuarenta, Lola Olmedo ya era madre de cuatro hijos: Alfredo, Irene, Eduardo y Carlos. La pareja se separó en 1948, pero siguieron relacionados hasta la muerte de Howard.

Vale la pena recordar que, desde muy joven, convivió con intelectuales de esa época: poetas del grupo de los Contemporáneos – Salvador Novo y Xavier Villaurrutia-, escritores como Jaime Torres Bodet; filósofos entre los que se contaban José Vasconcelos y Antonio Caso; músicos como Julián Carrillo, Luis Sandi, Manuel M. Ponce y Carlos Chávez -quien fuera alumno de su madre y más tarde su maestro-, políticos como Narciso Bassols y los pintores Joaquín Clausell, Alfredo Ramos Martínez y Germán Gedovius.

Con un don nato para los negocios, Dolores Olmedo llegó a incursionar en la industria de la construcción, al adquirir, de uno en uno, 40 pequeños hornos de ladrillos en la zona de Naucalpan. Su principal competencia era Heriberto Pagelson, quien tenía, en esa misma zona, una industria donde se fabricaban bloques ligeros, material muy común en las construcciones de aquellos años. Con el tiempo y un sentido del humor extraordinario, la rivalidad entre ellos se convirtió en una verdadera amistad que los llevó a asociarse y fundar una empresa que llevaba por nombre Industria Cerámica Armada. Este negocio no sólo se trasformaría en una gran empresa, sino que además ocuparía un lugar de relevancia en la industria de la construcción. En sus inicios, bajo la dirección de Olmedo y Pagelson, la empresa vendía material a las principales constructoras del país. El esfuerzo redundaría en la constitución de una nueva empresa: Compañía Inmobiliaria y Constructora, S.A. (CICSA) que se convirtió en una de las principales compañías contratistas al servicio del Gobierno Federal.

Años más tarde, hacia 1954 y tras la muerte de Frida Kahlo, Dolores Olmedo vuelve a encontrarse con Diego Rivera. Junto con un grupo de amigos viajan a Janitzio para participar en las ceremonias del Día de Muertos que se llevaban a cabo en el lugar. Este hecho les permitió retomar la vieja amistad que hubiera surgido más de veinte años atrás y que perdurara hasta la muerte del pintor. En 1955 y bajo la tutela de Diego Rivera, Lola comienza a comprar obra del muralista. A la par, fue creando una colección de piezas de arte precolombino, orientada también por el propio artista. En 1955, obra de Frida Kahlo.

A la muerte de Diego, en 1957, Doña Lola había adquirido 50 obras de Rivera. La amistad entre Olmedo y Rivera se tradujo en un pacto de confianza, de tal manera que, antes de morir, Diego le pidió que se hiciera cargo de los museos Frida Kahlo y Diego Rivera-Anahuacalli.

Durante esos años, mantuvo sus afanes de coleccionista y nada la detuvo para seguir comprando obra pictórica, lotes de piezas prehispánicas, estofados novohispanos y arte popular. En 1972, había coleccionado 800 piezas arqueológicas mesoamericanas. Olmedo también ocupó posiciones políticas y culturales y, desde ellas, pudo realizar exhibiciones de arte mexicano dentro y fuera del país.

Su talento para los negocios, su buen ojo como coleccionista y su determinación por acrecentar el patrimonio cultural de México la llevaron a conseguir una meta admirable que benefició al pueblo mexicano: la construcción del Museo Dolores Olmedo. Ya en 1962, había adquirido el casco de la Hacienda de la Noria, en Xochimilco, edificación que databa de finales del siglo XVI. Olmedo restauró la hacienda para hacerla su casa y más tarde legarla como museo al pueblo de México.

Así, el 17 de septiembre del 1994, Lola abre su casa como Museo Dolores Olmedo. En él expone toda su colección pictórica, prehispánica y popular, y además continúa la tradición -que ya había iniciado en los museos Anahuacalli y Frida Kahlo- de colocar una hermosa ofenda de muertos.

La gente de Xochimilco reconoce su labor, tras haber contribuido a la realización de obras públicas en la localidad, haber donado varios terrenos para escuelas públicas y haber llevado a cabo la construcción de otras, por lo que todavía hoy la recuerdan con cariño.

Dolores Olmedo murió el sábado 27 de julio del 2002, a la edad de 93 años. Dejó el legado de una promotora de la cultura en toda la extensión de la palabra. Bien mirado, consiguió todo lo que un mecenas aspira a lograr: ayudar al arte a trascender y, al mismo tiempo, trascender él mismo; ayudar a perpetuar la obra de un artista y perpetuarse junto con él. Dolores Olmedo tuvo todo lo que quiso. Y en el camino, benefició a México como pocos lo han hecho:

“A ejemplo de mi madre, la profesora María Patiño Suárez Vda. de Olmedo, quien siempre me dijo ‘todo lo que tengas compártelo con tus semejantes’, dejo esta casa con todas mis colecciones de arte, producto del trabajo de toda mi vida, para disfrute del pueblo de México”.


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Mexico’s broad cultural menu is actually the product of enormous efforts, both public and private.  In the patronage and preservation of our artists other personalities emerge, without whose presence their legacy might have been irretrievably lost.  Among these personalities, outstanding during the definition of Mexican culture of the Twentieth Century, was Dolores Olmedo, whose talent and sensitivity led her to comprehend, long before many of her contemporaries, the worth of two of Mexico’s fundamental artistic icons, Diego Rivera and Frida Kahlo.

María de los Dolores Olmedo y Patiño Suárez was born in the Tacubaya district of Mexico City, on December 14, 1908, at a time of ferment which became the prelude of the Mexican Revolution.  In her youth she studied law, and this she expanded to include a course in art at the San Carlos Academy, at that time Mexico’s cornerstone of academic instruction in everything related to the fine arts.  Her experience there would determine her destiny, and her view of art, as it led to an encounter with Diego Rivera in 1928, while the Mexican master was working on the murals in the Ministry of Public Education (still visible today).  Dolores Olmedo often recalled how she modeled close to thirty nude sketches for Rivera.

During this period, Lola met British journalist Howard Phillips, resident in Mexico and covering political events for U.S. periodicals.  His was a Victorian upbringing, rooted in intellectual pursuits, and he founded the magazine Mexican Life, which until his death recorded the science, art, culture and economics of Mexico for an English-speaking readership both within the country and beyond its borders.  They married in 1935.  By the early forties, Lola Olmedo was the mother of four children: Alfredo, Irene, Eduardo and Carlos.  The couple separated in 1948 but maintained cordial relations until Phillips’ death in 1972.

Worth noting is the fact that Dolores, from her earliest youth, was exposed to the intellectuals of the time, such as poets Salvador Novo and Xavier Villarrutia who became close friends, writers like the unequalled Jaime Torres Bodet, philosphers of the ilk of José Vasconcelos and Antonio Caso, composers and musicians such as Julián Carrillo, Luis Sandi, Manuel M. Ponce, and the great Carlos Chávez, who was a student of her mother’s and would later become Lola’s teacher.  There were the political figures such as Narciso Bassols, and there were the painters, Joaquín Clausell, Alfredo Ramos Martínez and Germán Gedovius, among the monumental artists of their time.

With an uncommon intuition for business and commerce, Dolores Olmedo became involved in construction, and acquired, one by one, forty small brick ovens in the Naucalpan district to the north of the city.  Her main competitor was Heriberto Pagelson, who in the same area owned a factory that produced lightweight building blocks, a much-used and then-very desirable material.  In time, and with an extraordinary sense of humor, their rivalry became a lasting friendship, which led to a business partnership, and the founding of a company called Industria Cerámica Armada.  This incipient company grew to a giant enterprise and furthermore became a pillar in the construction industry of its day.  At the outset, under the direction of Olmedo and Pagelson, the company sold building blocks to the principal contractors throughout the country, but in time, and with clever management, they evolved into a new company, Compañía Inmobiliaria y Constructora, S.A. (CICSA), which provided essential material and eventually became a contractor in its own right, building directly for the federal government.

Years later, around 1954 and after the death of Frida Kahlo, Dolores Olmedo reencountered Diego Rivera.  Together with a group of friends they traveled to Janitzio for the annual Day of the Dead celebration on this picturesque island in the middle of Lake Pátzcuaro.  Thus was rekindled an old friendship, twenty years later, and which would endure until the death of the great painter.  In 1955, under Rivera’s tutelage, Lola began acquiring the works of the painter/muralist, and about then began, as well, to gather around her the works of Frida Kahlo.  At the same time, again under Rivera’s guidance, she began her own collection of archaeological pieces, a parallel to his vast and varied collection.

By the time of Diego’s death, in 1957, Dolores Olmedo had acquired some fifty works by Rivera.  Their friendship had become a pact.  And so it happened that just before he died Diego asked Lola, and trusted that his request would be fulfilled, to assume command of the museums at Frida Kahlo’s blue house in Coyoacán, as well as the monumental temple-structure created entirely of lava rock, known today as the Diego Rivera-Anahuacalli.

During those years, Olmedo fanned her flair for collecting, and was never deterred when it came to acquiring choice pieces for her growing reserves of painting, Precolumbian pieces, gilded wood Colonial figures of saints and martyrs, as well as popular art.  By 1972, she had managed to amass a collection of eight hundred archaeological pieces (later expanded), in addition to her art; and her unparalleled position in the political and cultural life of the country enabled her to engineer exhibits of Mexican art, at all levels, within the country and abroad.

Her talent for business, her collector’s eye, and her determination to augment Mexico’s cultural patrimony led her to meet her greatest goal, and the greatest benefit to the people of Mexico: the constituting of the Dolores Olmedo Museum.  Since in 1962 she had acquired the ruins of the Hacienda at La Noria in Xochimilco, which dated from the Sixteenth Century, she was able to restore the structures in order to first create her own residence and then reconstruct the spaces for use as a museum.

On September 17, 1994, Lola opened her home as the Dolores Olmedo Museum, a specific legacy to the people of Mexico.  There she displayed her collection of fine art, Precolumbian pieces and popular art, and furthermore, institutionalized the annual custom initiated in the Frida Kahlo and Anahuacalli museums, of displaying a lavish altar with offerings in the tradition of the Day of the Dead.

The people of Xochilmico responded with enthusiasm.  Doña Lola was already a revered local figure, given her contributions of land for public works in the area, and her donations of locations for the building of several public schools.  Even today, many years after her death, Dolores Olmedo is a favored citizen and an honored member of the Xochimilco community.

Doña Lola died on Saturday, July 27, 2002, at the age of 93.  She left a legacy as a promoter of culture in the broadest sense of the term.  She was an art patron on a Renaissance scale, encouraging art and artists, assuming art to represent the finest of human accomplishments, and the perpetuation of art as the obligation of privilege.  Dolores Olmedo lived life to the fullest and achieved her highest aspirations.  And in the process, she benefited Mexico as few before or after her.

“Following the example of my mother, a teacher, Prof. María Patiño Suárez widow of Olmedo, I live as she taught me: ‘share all you have with those around you’.  I therefore will this house with all my collections of art, product of a lifetime’s endeavor, for the pleasure and enjoyment of the People of Mexico”.